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Tras el lamentable episodio que puso en riesgo su vida, Carlos Azcurra se recupera y trabaja con un objetivo: volver al fútbol.

“ESTO ES COMO UNA FINAL Y QUIERO GANARLA”






Nada derrumbó su fe. Ni siquiera ese impacto de bala de goma que recibió en su cuerpo el 11 de setiembre pasado, cuando simplemente era protagonista del clásico mendocino entre su equipo, San Martín, y Godoy Cruz. La cicatriz de la operación a la cual fue sometido de urgencia no es la única huella del insólito y lamentable episodio originado mientras los jugadores trataban de convencer a los policías de que no tiraran contra la gente, pues allí, en las tribunas, había familiares suyos. También hay recuerdos que jamás se borrarán de su mente, pero que no intenta gambetear. Al contrario. Los enfrenta, los pone al desnudo sin miedos y sin rencores. Carlos Azcurra vivió un episodio en el que tuvo que pelear increíblemente por su vida y ahora, durante la etapa de rehabilitación que lleva a cabo en el IMDYR, sigue peleando, pero por otros objetivos. Volver a jugar es uno de ellos. Y aunque sabe que no será simple, mantiene la guardia en alto...

-Nunca perdí el conocimiento, así que me acuerdo de todo. Cuando me llevaban en la ambulancia, cuando llegué al hospital, los gritos, todo... Y en la cancha, mientras estaba tirado en el piso, abrí los ojos y vi un cartucho al lado mío. Inmediatamente escuché que un compañero gritaba “mirá el agujero que le hiciste”, acompañado por un insulto hacia el policía.

-En esos momentos imaginamos que el dolor era insoportable...
-Sí, era como que algo me quemaba por dentro. No podía respirar, me faltaba el aire. Y al llegar al hospital me limpiaron la zona, pero tuvieron que empezar a operar sin que la anestesia hiciera efecto, porque había perdido mucha sangre y no se podía perder tiempo. Yo no podía más. Sólo quería aguantar, me esforzaba por respirar. Temía lo peor y, a su vez, le pedía a Dios que me ayudara. En febrero había tenido un accidente automovilístico en la ruta camino a San Martín. El auto empezó a dar tumbos y yo, producto de los golpes, salí por la ventanilla, aunque sufrí nada más que algunos cortes y a los dos muchachos que iban conmigo no les sucedió nada. Entonces, yo por dentro decía que si Dios había estado conmigo en ese accidente, por qué no iba a estar nuevamente a mi lado. Todo eso me daba vueltas por la cabeza.

-Por suerte, ya diste vuelta la página.
-Seguro. Y el apoyo que recibí de parte de la gente del fútbol es algo que valoro especialmente: el club, mis compañeros, jugadores de otros equipos y, por supuesto, la dirigencia del gremio, que es impresionante cómo me trató y me trata. Y no quiero olvidarme del personal del hospital Lagomaggiore y del doctor Alastra y de su mujer, que me operaron. Con el doctor pasó algo curioso. El es hermano de un muchacho que juega conmigo en San Martín. Como era el clásico mendocino, quería cambiar el turno para ir a la cancha, pero no pudo. Quedó de guardia y le tocó afrontar esto. Lo hizo con una valentía bárbara, porque antes de que yo llegara al hospital le avisaron que venía un herido de bala desde el estadio. El imaginaba que se trataba de un hincha. Cuando me vio a mí, no sólo se sorprendió, sino que mientras me operaba también pensaba en su hermano, si le había ocurrido algo, hasta que le dieron más información. También gente que no es del ambiente futbolístico se acercó para expresarme su solidaridad. Ya estando en sala común, luego de la operación, me acuerdo que señoras que tenían familiares en el hospital se ponían a llorar y me contaban que habían rezado por mí. Ese afecto fue increíble. La AFA también se puso a mi disposición para lo que necesitara. Y ni hablar de lo que hizo Diego Maradona, que me invitó a uno de sus programas de televisión.

-Ahí comprendiste la gravedad de lo que te había pasado.
- De eso me di cuenta cuando me vi con tubos por todos lados.
-¿Qué te dijeron los médicos?
-De movida me dijeron que voy a poder hacer una vida normal, como cualquier persona. Y en cuanto a la vuelta al fútbol, nadie me lo aseguró, pero tengo las armas para luchar por eso. Acá, en Agremiados, tanto los doctores (Pintos y Divinsky) como los kinesiólogos, que son unas fieras, han diagramado un trabajo con el que me van llevando de a poquito, exigiéndome cada vez más y siempre controlando todo. Hasta ahora los resultados han sido muy buenos. Habrá que trabajar y esperar. A mí me extrajeron parte del pulmón, entonces hay que ver cómo evoluciono y cómo se dan los pasos de la rehabilitación.
-Volver a jugar sería como tocar el cielo con las manos. ¿Y si no es posible?
-Si no es posible, igualmente le agradezco a Dios porque estoy con vida. Si se me termina la carrera, no se termina mi vida, ni tampoco la vida de un familiar. Seguiré disfrutando de mi familia, iré a ver los partidos y me prenderé en picados con mis amigos. El fútbol no es la vida ni la muerte de nadie. De todos modos, si estoy trabajando con todo es porque quiero volver a jugar. El tiempo dirá.

-¿Sentís rencor hacia Marcial Maldonado, el cabo de la Policía que provocó esta situación?
-No. Ni rencor ni odio. Si viviera con eso adentro me haría mal a mí y les haría mal los que me rodean. Lo más importante es que estoy vivo.
Con comienzos en El Algarrobal (un club mendocino), Carlos Azcurra vistió luego las camisetas de Independiente Rivadavia, Estudiantes de Buenos Aires, Tigre y San Martín de Mendoza. A los 28 años está jugando un “partido” distinto: el más importante de su vida. Y lo quiere ganar.

-Esto es algo así como una final, sí. Yo la quiero ganar, obviamente, como todos los partidos que jugué, y tengo el respaldo de mis padres, de mis cinco hermanos, de mucha gente que me quiere. Durante este tiempo recibí tantas muestras de cariño que a veces me da bronca no poder mencionar a uno por uno de los que me acercaron aunque sea una palabra de aliento.
Si la fe mueve montañas, la de Carlos Azcurra alcanzaría para empujar la cordillera. Por esa inquebrantable voluntad de luchar, el gimnasio de la sede de Agremiados y los profesionales del IMDYR día a día han sido testigos de un sacrificio enorme que ojalá –lo deseamos fervientemente- tenga su premio.
 

(Nota de Diciembre de 2005)




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