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Editoriales, Notas y Entrevistas


Calidad de exportación

La crisis se ve fácilmente a cada paso, en cualquier actividad y sin hacer mucho esfuerzo para advertirla. Está, la sufrimos, tratamos de soportarla esperando que el sol salga en la Argentina y nos aclare un poco el panorama. Y el fútbol, como no podía ser de otra manera, también la padece, ya sea por arrastre o por deficientes administraciones.

Entonces, ¿cómo puede ser que nuestros equipos mantengan su prestigio internacional y que la selección nacional figure como uno de los firmes candidatos a ganar la Copa del Mundo que se disputará el año que viene en Japón y Corea? Es sencilla la respuesta: porque la "materia prima" (el futbolista) tiene algo que podría definirse como una "herencia genética" más fuerte que cualquier dificultad.

Antes de que aparecieran Gatti y Fillol, Amadeo Carrizo dio clase en el arco. Y antes de Amadeo, Botasso y Bossio fueron ídolos de la primera etapa del fútbol argentino. Cuando salieron a escena Batistuta, Crespo y Saviola, Varallo, Stábile, el paraguayo Erico (que hizo la mayor parte de su carrera en nuestro país), Labruna, Artime, Sanfilippo, Bianchi, Kempes y tantos otros, ya habían mostrado cuál era el camino del gol. Antes de Perfumo, Albrecht, Passarella y Roberto Ayala, Marante, Salomón y Dellacha hicieron del área un sitio casi inexpugnable.

Y para regocijarnos con el fútbol de Maradona, fenómenos como De la Mata, Sastre, Pedernera y Moreno dejaron la semilla en las décadas del '30 y el '40. Si hay habilidosos como Romagnoli y Erviti es porque previamente pasaron por nuestras canchas gambeteadores de la talla de Vicente Zito, el "Locó" Corbatta, Rojitas y Houseman. Y si siguen saliendo talentos como Riquelme y Verón, sepamos que, sin que ellos lo supieran, algo de Willington, Brindisi, Bochini y Alonso seguramente se les "pegó" en su juego. Los de ahora recogieron el legado. Y los que vienen quemando etapas se mirarán en los espejos de la actualidad.

El futbolista argentino triunfa en cualquier rincón del planeta, se adapta mejor que nadie a las circunstancias que lo rodean, tiene bien ganado un prestigio que no sabe de épocas y es generador de recursos para los clubes.

Hay crisis, sí. La vemos, la palpamos, la sufrimos cada día. Pero el jugador de fútbol de estas tierras, aún afectado por problemas que no generó, triunfa en el mundo. Nada ni nadie ha podido impedir que la "herencia genética" se transmita.


(Editorial de diciembre de 2001)




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